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 PERFECTO FEIJÓO PONCET (1958)

Figura profundamente atrayente la del ilustre fundador de los Coros Gallegos. Pocas personas habrá habido en Galicia de tan fuerte individualidad, con más ricos perfiles y más irresistibles sugerencias. Jamás, también, habrá en una ciudad gallega, un hombre que encarne con tanto vigor sus relieves espirituales más sobresalientes, como este insuperable hijo de Pontevedra. En esta capital nació el 25 de agosto de 1858, y en ella vivió casi siempre, hasta el día de su muerte el 10 de junio de 1935. Por tanto Pontevedra fue escenario y testigo de casi todas sus obras, porque bajo este plural están concentradas muchas de las manifestaciones del espíritu emprendedor, magnánimo y humano de Feijóo.


Cursó la carrera de Farmacia en la Universidad de Compostela, graduándose en 1877, trasladándose a Madrid, trabajando allí en la botica de la Reina Madre, hasta octubre de 1880 en que retornó definitivamente a su ciudad natal, estableciéndose con su farmacia en la Peregrina, y en donde alcanzó su establecimiento, lo mismo por su propietario que por los que la frecuentaban, un señalado y brillante puesto en los fastos pontevedrinos.

Porque aquella botica fue algo más que un laboratorio de fórmulas magistrales. Allí es fama, que se fraguaron gabinetes ministeriales; allí formaron tertulia muchos de los hombres más eminentes de España; allí surgió la idea de crear los coros gallegos; allí las mejores iniciativas de carácter benéfico y cultural de su época, tuvieron origen y planteamiento; allí don Perfecto atendía a las gentes campesinas que no sólo venían en busca de la consabida receta, sino también a pedir consejo y ayuda  del hombre que sabía de sus penas y comprendía  sus desgracias, e incluso más de una vez el consejero era el amanuense de las cartas que aquellas gentes enviaban a sus familiares emigrados. Así producto de estos epistolares favores, llegó como regalo un día a su casa el famoso loro “Ravachol”, revolucionario parlador del lenguaje e indiscreto fisgón de conductas ajenas, campeón de los más subidos alardes escatológicos, y que puso a prueba el fino humorismo de los pontevedreses el día de su muerte, con un sepelio imponente  y solemne, que ya para sí quisieran  muchos señorones finchados y orondos de la ciudad.

La carrera de Farmacia que ha tenido en Galicia profesionales representativos, y que van desde Antonio Casares Rodrigo hasta el últimamente fallecido y bien querido amigo Florentino López Cuevillas, tuvo en Perfecto Feijóo uno de sus más legítimos cultivadores. Pues, como tal recibió justas recompensas, obteniendo en la Exposición Farmacéutica Nacional celebrada en Madrid en 1882, premio con mención honorífica y en la de Zaragoza de 1885-6, medalla de tercera clase con diploma. Fue además Farmacéutico de la R. Casa (1885) y este año fue nombrado subdelegado de Farmacia de su provincia de géneros medicinales. Su laboriosidad se vio también agraciada con la concesión de la condecoración de Alfonso XII en 1919 y de la Medalla de Trabajo en 1927 en virtud de solicitud de todos los farmacéuticos españoles.

Más nada le dio tanta celebridad y prestigio como la fundación de los coros gallegos. En 1883 fundó esta institución, en la que él como gaitero y director, acompañado por distinguidos pontevedreses, empezó a dar a conocer la música folklórica gallega, en públicos y privados conciertos, arrancando de la ineditez rural, canciones que parecían languidecer en labios campesinos. Se llamó el coro “Aires d’a Terra”, y con él fue esparciendo lo mismo en Galicia, Madrid y en América, las dulces y enxebres cantigas de la gran cantera popular de nuestra Tierra. De su coro formaron parte entre otros, hombres de la categoría intelectual de Said Armesto y Rodríguez Castelao, el escritor Francisco Portela Pérez, los abogados Isidoro Millán Mariño y Juan Sesto, el médico José Mao, el barítono Víctor C. Mercadillo y el tenor orensano González Iglesias, el comediógrafo Nicolás de las Llanderas, etc. Entre sus más celebradas actuaciones, son dignas de citar su intervención en la fiesta gallega de febrero de 1901, organizada por la Pardo Bazán, admiradora Feijóo, asó como una velada preparada por el Ateneo matritense en que se oyó la voz autorizada y elogiosa de Felipe Pedrell; en 1903 actuó en el Palacio de Cristal de Oporto; y nuevamente en Madrid, en octubre de 1918 con motivo de la estancia del presidente de la República Francesa, Poincaré en la capital de España. De su venida a la Argentina en 1914, baste decir que dieron 33 audiciones con resonante éxito.

Tras de “Aires d’a Terra”, surgieron por doquier coros por toda Galicia, siendo el primero que imitó su ejemplo el de Ferrol: “Toxos e Froles”, creado en 1916, siguiéndole “Cantigas e Aturuxos” de Lugo. “La artística de Vigo”, “Cántigas da Terra” de La Coruña, “Cantigas e Agarimos” de Santiago, “De Ruada” y “Os enxebres” de Orense, “Foliadas e Cántigas” de Pontevedra, “Agarimos da Terra” de Mondariz etc., etc. Casi todos ellos habían de tomar parte años después en el homenaje que en honor del fundador se celebró en Pontevedra en septiembre de 1919, en el que se le nombró Presidente honorario de todos los coros, y en el que después de varios agasajos a Feijóo,  se dejaron oír los versos de Labarta y Cabanillas, y la palabra en lengua vernácula de los inolvidables Lustres Rivas y Castelao, cerrándose el acto con el Himno gallego que interpretado por la banda municipal y cantado por todos los coros, fue escuchado con religioso silencio por la enorme multitud que se asoció a estos actos.

Porque la labor de Perfecto Feijóo fue de unos alcances en el aspecto folklórico verdaderamente edificantes, en aquellos tiempos en que nuestra copla popular corría el riesgo de morir asfixiada en su propia fuente original, debilitada por el abandono lento pero letal de sus enxebres cultivadores, y sometida a la brutal depredación de los ritmos exóticos, que tanto contribuían y siguen contribuyendo a la criminal desgalleguización de nuestro país.
Felipe Pardiñas y Marcial de Adalid llevaron al pentagrama los cantos populares, para perecer olvidados en los archivos. Pero Perfecto Feijóo quiso dotarlos de vida, que es tanto como decir de publicidad y divulgación. Y para que tuviesen resonancia y perennidad, creó los Coros. De ahí, el gran mérito terminal de su obra. Después de Feijóo ya no pudieron ser ignorados, y su ejemplo produjo en las ciudades gallegas el despertar de muchas gentes, que ávidas de emular al fundador, se reincorporaron a este movimiento reivindicativo del arte gallego autóctono.

Como todos los innovadores, sufrió decepción y ataques injustos, más su obra quedó en pie, y se mantendrá dignamente erguida mientras en Galicia no se extinga el limpio y decoroso sentido de su personalidad eterna. A todos sus detractores contestó Feijóo con el fruto perdurable de su laboriosidad, y a todos confundió con la gallarda fecundidad de su trabajo.

Unamuno en 1912 con motivo de su visita a Pontevedra, a donde vino como mantenedor de unos Juegos Florales, conoció a Feijóo, al que además de hacer un magnífico retrato a pluma, lo recordaba en enjundioso artículo con este párrafo que dice más elocuente y justiciariamente de su noble galleguidad, que todo cuanto podamos escribir nosotros: “Fue cerca de él, a su vista, en un repliegue de las colinas, donde una tarde oí subir de la verdura del campo las notas verdes y quejumbrosas de la gaita gallega. Tocábala Perfecto Feijóo, un perfecto gallego, farmacéutico en Pontevedra, y que administra a su nativa terriña la medicina confortativa de los aires musicales de la tierra. Formó un coro –el coro aires da terra- y con él restaura la música popular, impidiendo que se pierda, o lo que es peor, degenere al contagio de las tonadas de la zarzuela de moda. Con los trajes de la tierra se me aparecieron don Perfecto y sus compañeros, entonando alalás, muiñeiras, todos esos cantos que templan la morriña céltica. Las notas, verdes como el campo, parecen surgir de su verdura y se alargan en ondulaciones suaves como las colinas, como las lenguas del mar que acaricia a la tierra”.

Después de estas definitivas palabras del sabio profesor salmantino, limitémonos en la exhumación de este glorioso centenario, a desear que Galicia vuelva a transitar los mismos caminos espirituales que transitó Perfecto Feijóo, ya que la canción viva de nuestro pueblo, alienta uno de los más poderosos y eficientes sentimientos de nuestra indestructible nacionalidad.

ENVÍO: A mi querido amigo Perfecto Feijóo Méndez, que aquí en Buenos Aires mantiene orgullosamente encendida la lámpara votiva del recuerdo de la obra que su buen padre edificó para la gloria inmortal de la canción gallega.


VILANOVA, A.: Perfecto Feijóo,"Galicia Emigrante", ano 5, nº 36, setembro-outubro 1958, p. 6-7, 26.

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